¡Hola, chicos aspirantes del Ingreso! Los invito a seguirme  por los oscuros vericuetos que conducen a mis mazmorras secretas, tan ocultas que ni siquiera las archi muggles autoridades del Colegio las conocen.

Sólo allí podremos hablar seguros de que no nos escucharán los indiscretos oídos de los enemigos de siempre, que pululan por todas partes y que pretenden confundirse con nosotros, los iniciados, los que sabemos qué hay en las profundidades del Colegio y los que, como ustedes, intentan desentrañar estos misterios, ingresando en nuestra cofradía...

 

 

 

Bien, ya estamos aquí, a salvo. Recuerden que no deben confiar en nadie hasta hacerles las preguntas correspondientes para saber si son dignos de acceder a nuestra sociedad secreta:

 

 

 

Ahora sí, voy a empezar a contarles la increíble historia de los primeros magos de Hogwarts, antepasados de Harry, en el Colegio Nacional de Buenos Aires y más modernamente en el Pellegrini.

            Todo empezó hace muchísimos años, siete siglos después de la fundación de Hogwarts por Godric Gryffindor, Helga Hufflepuff, Rowena Ravenclaw y Salazar Slytherin.

Por entonces una serie de muy extraños sucesos sacudieron la habitual tranquilidad de Hogwarts: uno a uno los habitantes del castillo, empezando por los alumnos y después por los prefectos, fueron cayendo en un sopor inexplicable que los volvía insensibles al dolor y a la luz y al sonido, por muy intensos que fuesen. Los cuerpos aparecían levitando inertes por los fríos corredores, provocando sustos mayúsculos a los que los descubrían repentinamente al dar vuelta apurados por llegar a tiempo a una clase.

Las escenas que se repetían, primero todas las semanas y después día tras día, llenaban de pánico, rumores y sospechas las torres de las cuatro casas de Hogwarts. Las salas y los dormitorios asistían a los cuchicheos nerviosos de los alumnos que elaboraban mil conjeturas, en busca de una explicación salvadora.

            Si bien los atacados no habían muerto, sus funciones vitales habían sido reducidas al mínimo, lo que permitía abrigar alguna esperanza con respecto al futuro de los jóvenes, pero desesperaba aún más a los ancianos brujos de la escuela que se pasaban las noches en vela buscando fórmulas  para volverlos a la normalidad.

Todo lo conocido y oculto fue consultado ante la emergencia; todos los libros,

todos los conjuros, todas las formas de encantamiento, fueron probados y

desechados luego de su fracaso.

La epidemia del sueño ¡ZAS!  – nombre que le dieron los alumnos porque ésa era la exclamación más común cuando descubrían una nueva víctima – empezó a atacar a las autoridades de la casa: primero fueron algunos profesores y después el mismo director de aquellos tiempos, el bueno para nada profesor Sanguijuelus, que la noche de Halloween, durante la cena alumbrada por la luz de las sonrientes calabazas, empezó a dormitar, bajando y subiendo rítmicamente su voluminoso vientre, como después de una de sus frecuentes y largas digestiones. Sólo que esta vez y al cabo de una hora de terminados los postres,  también se elevó todo su redondeado cuerpo y ya no volvió a despertar.

Fue entonces cuando los profesores de Hogwarts que aún quedaban despiertos, decidieron trasladar a otro lugar a los alumnos que habían demostrado su resistencia a la extraña enfermedad, y clausurar por un tiempo el castillo para ver si mientras tanto podían encontrar una fórmula mágica que rompiera el extraño sortilegio.

Por entonces, en 1772, se estaba fundando en Buenos Aires el Real Colegio de San Carlos, en la manzana que aún limitan las calles Bolívar, Moreno, Alsina y Perú. Inmediatamente los brujos de Hogwarts vieron la comodidad que entrañaba el lugar tanto por su ubicación, cercana al puerto, de donde podrían mandar y recibir fácilmente toda clase de mercancías necesarias para su trabajo y que las lechuzas no podrían transportar, cuanto por el espíritu con el que había sido creado el Colegio: un recinto donde el estudio, la concentración y el ejercicio de las facultades intelectuales tenderían a su máxima expresión. (Recordemos que estas virtudes eran las requeridas para aquellos que deseaban prosperar como magos con nivel internacional).

A su vez, el Colegio contaba con un campo de deportes, único en su tipo, que les aseguraba seguir con la práctica del deporte favorito de los aprendices de magos, es decir, el popular quidditch, y el buen estado físico de  aquellos que iban a ser sometidos a la dura prueba de ser trasladados de su tierra original para competir con los alumnos nativos (se llamaban así mismos “criollos”), mezclados entre los cuales podrían protegerse mejor de los oscuros designios de aquellos que los perseguían.

Y así, cientos de alumnos de Hogwarts, fingiendo ser parte de un intercambio escolar con Inglaterra, acudieron como pupilos al Colegio de la Patria, para lo cual estudiaron el castellano y las otras materias con entusiasmo y se destacaron muchas veces por sus notas, generándose en ellos un gran orgullo ya que estos logros eran consecuencia de su talento y esfuerzo genuinos y no de trucos de magia...

Es que algo extraño sucedía entre las paredes del Colegio criollo. Si bien de noche, cuando todos dormían, los aspirantes a magos bajaban las escaleras como sombras fantasmales hasta estas oscuras mazmorras para seguir con sus estudios de Magia y Hechicería paralelamente a su Bachillerato diurno, sus ocultos saberes no podían ser aplicados dentro de los muros del Colegio, donde todo transcurría sin que la magia ayudara o perjudicara a sus habitantes. Era como si todo el poder de los magos blancos y negros quedara suspendido y

como expectante dentro de las insignes paredes...

Los profesores del mundo subterráneo también lo advirtieron pero consideraron la particularidad como una ventaja: tampoco el embrujo del sueño ¡ZAS! podría alcanzarlos y eso los mantendría a salvo hasta que pudieran sacar a Hogwarts de su tenebroso letargo.

Mientras tanto, deberían preparar a los jóvenes brujos que empezarían a ingresar el año siguiente para sacar las mejores notas y así asegurar la permanencia de los mismos entre los muros del benemérito Colegio criollo, a salvo de nuevas agresiones.

Fue entonces que a uno de los más antiguos profesores, el bondadoso Millius de Hufflepuff, se le ocurrió una idea que dos siglos y medio después sería aprovechada por las generaciones de aspirantes del siglo XXI.

Pero ésa es ya otra historia que les seguiré contando en nuestra próxima reunión. ¡A dormir, iniciados, y a esperar mi próxima señal para volver a reunirnos en las profundidades del misterio...!